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Mientras que muchas personas se enfocan en estudiar la historia del cristianismo y su evolución a lo largo de los siglos —cómo se fragmentó en religiones y denominaciones, cómo surgieron doctrinas, concilios, instituciones y líderes influyentes— no hay duda de que ese trabajo histórico tiene valor. Entender cómo se formaron las creencias, cómo surgieron estructuras de poder y cómo cambiaron las interpretaciones con el tiempo puede aportar información importante para quienes desean estudiar el cristianismo como religión.
Reconozco que estos datos históricos, cuando se presentan correctamente, son valiosos e incluso fascinantes. Ayudan a explicar por qué distintas tradiciones creen lo que creen, cómo nacieron ciertas doctrinas y cómo factores culturales y políticos influyeron en la expresión religiosa a lo largo de las generaciones. Desde un punto de vista académico e histórico, este tipo de estudio aporta contexto y no debe ser descartado.
Sin embargo, mi interés personal no está centrado en el cristianismo como sistema religioso ni en su desarrollo institucional. No me interesa analizarlo desde denominaciones, credos o movimientos teológicos que surgieron siglos después de que los textos bíblicos fueron escritos. Mi enfoque es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente.
Mi interés está en las Escrituras mismas.
En lugar de comenzar con lo que el cristianismo llegó a ser, creo que la comprensión debe comenzar con la Biblia como el plano original. Eso significa acercarse al texto tal como es, estudiando los idiomas originales, el contexto histórico y cultural del mundo antiguo, y la manera de pensar de las personas que escribieron, escucharon y vivieron estos textos, mucho antes de que existieran las religiones y denominaciones modernas.
He reflexionado sobre esto a partir de mi formación en ingeniería en electrónica y automatización, especialmente en el área de diagnóstico y solución de fallas. A lo largo de los años desarrollé una técnica muy particular de abordar problemas técnicos. Cada vez que surgía una falla —ya fuera en una fábrica o en sistemas complejos de transporte— evitaba los métodos comunes basados en suposiciones y me enfocaba en seguir la evidencia.
Trabajé por varios años en una empresa con cerca de cien técnicos distribuidos en diferentes turnos y ubicaciones. En muchas ocasiones, equipos completos pasaban días o semanas sin poder encontrar una falla. Cuando me pedían revisar el problema, con frecuencia lograba identificarlo en pocas horas. En casos más complejos me tomaba más tiempo, pero casi siempre encontraba la causa y hacía la reparación ese mismo día.
Un caso muy claro fue el de un tren ligero que llevaba más de dos meses fuera de servicio. El sistema de propulsión quemaba tarjetas electrónicas una tras otra, y los técnicos seguían reemplazándolas sin éxito. Todo el mundo estaba enfocado en el sistema de propulsión porque parecía lo más lógico.
Me pidieron que interviniera y ese primer día no encontré la falla, lo cual fue poco común para mí, ciertamente era una falla complicada de encontrar. Pedí que sellaran el tren, que nadie más interviniera y que dejaran todo tal como lo había dejado para continuar al día siguiente. Al retomar el trabajo, después de un par de horas de análisis sistemático, encontré el problema.
La falla no estaba en el sistema de propulsión. Estaba lejos, en el interruptor principal tipo cuchilla, que corta la energía de todo el tren. Ese interruptor tenía un sensor de proximidad que indicaba si estaba completamente cerrado. El sensor estaba dañado y en cortocircuito. Un componente pequeño y aparentemente insignificante, lejos del lugar donde todos estaban buscando, era la verdadera causa. Al reemplazarlo y reconectar todo, el tren volvió a funcionar sin problemas.
¿Por qué tantos técnicos pasaron esto por alto? Porque solo buscaban donde pensaban que debía estar la falla. No estaban dispuestos a ir más allá de lo evidente.
Este patrón se repitió muchas veces. Yo nunca adivinaba. Usaba planos, diagramas, manuales y mediciones reales. Tomaba notas detalladas de voltajes, corrientes, resistencias y valores esperados. Adivinar era una práctica común entre muchos técnicos. Yo en cambio sólo me baso en la evidencia disponible.
Todo esto me lleva a una pregunta clave.
¿Es posible aplicar esta misma metodología —seguir la evidencia, dejar de lado suposiciones y volver al plano original— a la interpretación correcta de la Biblia?
En lugar de heredar interpretaciones, justificar doctrinas o asumir conclusiones, ¿qué pasaría si abordáramos las Escrituras de la misma manera? Estudiando los idiomas originales, el contexto cultural, el marco histórico y la coherencia interna, conectando el Antiguo y el Nuevo Testamento de forma lógica, no emocional ni institucional.
No niego la dimensión espiritual de la Biblia. Creo que Dios habla a través de Su Palabra y que hay cosas que solo Él puede revelar. Pero también creo que los seres humanos hemos complicado este proceso más de lo necesario. A lo largo de los siglos, hemos modificado cosas que no estaban rotas, igual que aquellos técnicos con el tren. Hemos construido sistemas enteros basados en suposiciones.
Si observamos con atención, ni Dios, ni Moisés, ni los profetas, ni Yeshúa, ni los apóstoles fundaron una religión llamada cristianismo. Tampoco instruyeron a construir o formar denominaciones, instituciones religiosas o sistemas de creencias como los conocemos hoy. Mucho de lo que llamamos religión es mera creación humana.
Como seres sociales, las personas desean pertenecer a un grupo. Nos gusta coincidir con otros. Con el tiempo, ese deseo da lugar a movimientos, jerarquías, líderes y estructuras de poder.
En lo personal, mi único interés es entender las Escrituras tal como fueron comprendidas y enseñadas originalmente por Moisés, los profetas, Yeshúa y los apóstoles, y cómo las transmitieron tanto a israelitas como a no israelitas.
En tiempos de Yeshúa, solo dos de las doce tribus estaban en la tierra de Israel; las otras diez habían sido dispersadas más de setecientos años antes. Aun así, el mensaje seguía siendo el mismo que desde el principio: un mensaje restaurado por Yeshúa, ya que los líderes religiosos de la época lo habían alterado con tradiciones humanas, tal como ocurre hoy en día con muchos predicadores.
Es importante hacer notar que, en la época de Yeshúa y los apóstoles, el Nuevo Testamento aún no había sido escrito. Por lo tanto, cada vez que Yeshúa o los apóstoles decían frases como “como está escrito” o “las Escrituras son útiles para…”, en realidad se estaban refiriendo única y exclusivamente al Antiguo Testamento.
Podemos concluir, entonces, que ellos mismos lo observaban y lo enseñaban tanto entre los israelitas como entre los nuevos creyentes de origen gentil. Por lo tanto, sigue vigente hasta nuestros días, al igual que el Nuevo Testamento.
Cuando leemos la Biblia con atención, vemos que los apóstoles creían y guardaban la Toráh. Guardaban el Shabbat. Observaban las fiestas del Eterno —no “fiestas judías”, sino las fiestas que Dios mismo estableció en la Toráh. Entendían la diferencia entre los animales limpios e inmundos como algo establecido por Dios, no como costumbres culturales. No eran reglas arbitrarias, sino instrucciones claras sobre cómo vivir.
Yeshúa no abolió la ley (Toráh). La cumplió. Así como alguien puede pagar la pena por un delito sin eliminar la ley, Yeshúa pagó la pena por el pecado, pero eso no significa que la ley dejó de existir. El perdón está disponible por medio de Yeshúa por la gracia de Dios y mediante el arrepentimiento, no como una licencia automática para seguir pecando sin consecuencias.
Entonces, la pregunta es sencilla.
¿Puede esta forma de pensar, basada en evidencia y en regresar al plano original —la Biblia— ayudar a traer claridad a la manera en que entendemos las Escrituras hoy? ¿Puede ayudarnos a eliminar suposiciones y tradiciones humanas para reconectar el Antiguo y el Nuevo Testamento tal como siempre debieron entenderse, por personas que vivían en un idioma, una cultura y una mentalidad muy distintas a las nuestras?
Eso es lo que estoy tratando de explorar.
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— Eduardo
